Se esperaba que el primer gobierno de izquierda en México tuviera una cierta simpatía por los creadores. Pero en lo que se refiere a política cultural, el gobierno de López Obrador se ha obstinado en ser decepcionante.

No solo no ha habido un incremento al apoyo a las artes, sino que el sector cultural ha tenido que soportar las dificultades de siempre y ha sido inesperadamente estigmatizada durante estos meses. Como resultado, hoy existe una palpable tensión entre la comunidad artística y el gobierno que esa comunidad contribuyó a posibilitar.

El sector cultural ha sido golpeado, en este 2019, la Secretaría de Cultura padeció un recorte presupuestal. Y empieza a ser claro que los principales proyectos culturales de este sexenio serán aquellos que son especialmente caros no al público ni a los creadores, sino a López Obrador; la distribución masiva de ejemplares de la Cartilla moral de Alfonso Reyes, la Coordinación Nacional de Memoria Histórica y Cultural (presidida por su esposa, Beatriz Gutiérrez Müller), y la transformación de Los Pinos en un impreciso centro cultural.

No sorprende así que hoy sean multitud los creadores enemistados con el régimen. Tampoco asombra que el gobierno de AMLO parezca encaminado a seguir los pasos de los sexenios anteriores: mantener a la fuerza los apoyos, recortar el presupuesto cuando sea posible y generar sus eventos culturales clientelares y propagandísticos como la “Guelaguetza nacional” que prepararon para el 15 de septiembre.

Para restaurar el vínculo perdido AMLO tendría que hacer algo que no parece dispuesto a hacer: concebir el gasto en cultura como una inversión, y no como un despilfarro. Como esto difícilmente ocurrirá, a los creadores les toca lo de siempre: persistir, defender su autonomía y crear disenso.

The New York Times